Homilía Celebración Eucarística – 100 Años de La Diócesis De San Cristóbal

DESDE LAS CAMINOS DE LA TIERRA

Siendo niño, aprendí una canción muy hermosa que habla del alma tachirense: “Son los cantos de mi tierra, nacidos en un recuerdo, por los caminos del tiempo, te vas para no volver”. Como canto nos refiere las cuitas de un viejo amor, pero a la vez, nos habla de la vida de todos nosotros. Hoy, al conmemorar los primeros cien años de la Diócesis de San Cristóbal, queremos con ese cántico introducirnos en la reflexión a partir de la Palabra de Dios y así iluminarnos mutuamente en el camino de estos cien años de la Iglesia de San Cristóbal.

Todas nuestras acciones, con sus luces y sombras, los podemos traducir en “cantos”. Siguiendo al salmista, podríamos convertirlos en el cántico siempre nuevo para alabar, bendecir y agradecer a Dios por su compañía amorosa. Nacidos en la memoria-recuerdo de lo que la Iglesia ha hecho: anunciar el Evangelio, edificar el Reino de Justicia y paz haciendo sentir la caridad operante nacida del mandamiento del amor fraterno. No hacemos un simple recordatorio, más bien hacemos memoria viva de la presencia del Dios que ha caminado junto con nosotros.

Ciertamente son los caminos del tiempo, como entona el autor. No son caminos fuera de la realidad: en ellos se conjugan los logros, los fracasos, la voluntad férrea de los tachirenses y su acogida a quienes han venido desde fuera…. Caminos labrados con el compromiso de todos y donde la Iglesia ha transitado al cumplir su misión y acompañar a su gente en todo momento y situación vivida.

Caminos siempre abiertos al futuro. No faltará quien viva de la mera nostalgia. Pero, son caminos para no volver, haciéndose eco de la conseja del evangelio al recomendar que se ponga las manos en el arado y mirar siempre hacia el horizonte del Reino de Dios. Es lo que la Iglesia ha venido haciendo. Sencillamente, al mirar hacia atrás se ve el camino andado, la siembra hecha y los frutos que se han podido recoger… pero no para quedarnos estancados sino para continuar en la ruta a la total plenitud del encuentro con Dios.

Hoy, con profundo agradecimiento al Dios de la vida conmemoramos los cien años de esta Iglesia local de San Cristóbal, que ha caminado junto con la gente durante estos cien años en “ESPÍRITU Y VERDAD”. Lo ha hecho con la dedicación de sus pastores, Obispos y presbíteros; con el entusiasmo de sus laicos y con la alegría de los miembros de la vida Consagrada. Con ello, ha mostrado ser una Iglesia en salida que, incluso, ha asumido un compromiso misionero con algunas Iglesias hermanas y, recientemente, con el IUS COMMISSIONIS para atender al VICARIATO APOSTOLICO DE CARONI. Una Iglesia con sabor a pueblo, al cual ha acompañado porque se siente parte del mismo y además ha sabido articular solidaridad y fraternidad con las Iglesias hermanas de Venezuela y de Colombia, para hacer sentir la enseñanza del Papa Francisco cuando nos pidió ser una Iglesia sin fronteras y madre de todos.

Les invito a pensar, desde los textos bíblicos proclamados, lo que significa esta celebración y el responsable compromiso que brota en la conmemoración de los primeros cien años de esta Diócesis bonita de San Cristóbal. Nos sentimos complacidos por la presencia de todos Ustedes, en especial los invitados especiales y quienes nos acompañan también por los medios de comunicación y las redes sociales. Todos estamos presentes y participando de la Mesa de la Palabra y de la Eucaristía.

EL SIMBOLO   DE   ABRAHAM   Y   OTROS PERSONAJES

El pueblo de Dios fue preparado durante lo que comúnmente llamamos “prehistoria de la salvación”. Uno de los ejes que permite entenderlo es la acción directa de Dios con los hombres, a partir de la creación, acción que se fue delineando como alianza. Esta encierra la idea de cercanía y comunión, aún a pesar del pecado de Adán y Eva. La historia de la salvación propiamente dicha comienza con la llamada de Dios a Abraham, cuando lo elige para que se convierta en el padre de un pueblo numeroso. Entonces, atendiendo a la petición de Dios, el patriarca sale de su tierra y se dirige a los territorios de Canaán para establecerse allí y dar inicio al pueblo que devendrá en propiedad de Dios con la alianza del Sinaí.

Ese pueblo sufrió la esclavitud y fue liberado por la acción prodigiosa de Yahvé mediante la ayuda de Moisés, modelo de profeta y conductor del pueblo hacia la tierra prometida, a la cual entró bajo la dirección de Josué. Éste fue quien exploró esa tierra y, a su regreso, para garantizar que sí era la prometida por Dios, trajo ante Moisés y sus hermanos frutos abundantes. Así comenzó a echar raíces y a profundizar en la alianza sinaítica que debía ser recordada, junto con la pascua. Alianza sencilla y profunda: “Yo soy tu Dios y tú eres mi pueblo”.

 A fin de defender y profundizar esa alianza, el mismo Yahvé fue suscitando profetas. Ellos estaban cerca del pueblo para protegerlo y corregirlo. En los momentos fáciles y de prosperidad, como en los tiempos de persecución, del exilio y de la reconstrucción en el retorno de Babilonia, los profetas fueron los voceros de un Dios salvador y comprometido con su pueblo. A la vez, en el correr del tiempo, el mismo Yahvé suscitó a sabios, como Salomón, para que supieran contagiar las enseñanzas y valores que debían ponerse en práctica a fin de hacer que la Alianza se enraizara cada vez más en el pueblo de Dios. En la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo para así cumplir la promesa de salvación y dar la liberación plena a sus hijos, los del pueblo de Dios y a toda la humanidad.

Este brevísimo recuerdo histórico, nos permite leer lo que han sido estos cien años de camino eclesial de la Diócesis de San Cristóbal. Por una feliz decisión del Papa Pío XI (junto a otras cuatro circunscripciones) en 1922 se creó la Diócesis de San Cristóbal: nueva porción del pueblo de Dios elegida para hacer realidad en estas tierras andinas (y durante muchos años en los llanos del Alto Apure) la fuerza transformadora del Evangelio de Jesucristo el Señor. El primer Obispo, el Siervo de Dios TOMÁS ANTONIO SANMIGUEL DIAZ experimentó lo que aconteció con Abraham: el Señor lo sacó de su tierra y le pidió que llegara a las montañas andinas y sus poblaciones para fundar la Iglesia local de San Cristóbal. Obedeció como el patriarca y se hizo presente como padre y pastor para comenzar la tarea recibida como encargo pastoral. Al igual que él, los otros obispos que le han sucedido, recibieron la tarea de continuar la conducción de ese pueblo de Dios, como le correspondió hacerlo a Moisés y otros tantos guías del pueblo de Israel. Lo dejaron todo y se convirtieron en servidores para un pueblo naciente que ha sabido caminar por las sendas de su historia.

Al igual que Josué, le correspondió al Siervo de Dios Sanmiguel, explorar esta tierra tachirense y descubrir sus frutos y riquezas como garantía para la nueva Iglesia local que se estaba plantando. Entonces, junto a la fe del pueblo y el testimonio ministerial de los sacerdotes del momento, se consiguió con dos hermosísimos frutos que garantizarían el éxito evangelizador en la nueva Diócesis: la fuerza protectora del Santo Cristo de La Grita y la presencia de María de la Consolación, “la flor más bella de los Andes venezolanos”.

Todos los pastores Obispos y Presbíteros – diocesanos y religiosos- acompañados por religiosas y laicos comprometidos en la evangelización, han podido realizar acciones misioneras como los profetas, los sabios, los dirigentes de aquel pueblo inicial de la antigua Alianza. A todos les ha llamado el Señor. Todos han pasado por la experiencia viviente de la zarza ardiente y oír la voz de Dios mismo pidiéndoles despojarse de sus sandalias; esto es, de sus apegos y de otras seguridades, para ir al encuentro de su pueblo, fortalecerlo en la pascua liberadora de Jesús y conducirlo como el pastor bueno, aún en medio de cañadas oscuras y barrancos peligrosos. Cada quien, con sus carismas y sus estilos, pero todos con el mismo objetivo: hacer del pueblo de Dios que peregrina en el Táchira, un “sacramento de comunión y salvación” (cf. L.G.1; A.G. 1), luz para el mundo y constructor constante del Reino de Dios, que lo es de libertad, justicia, paz y amor.

En estos cien años de historia, los pastores y sus cooperadores, han ejercido el papel profético “a tiempo y destiempo”. Así han podido iluminar desde y con la Palabra de Dios, a la vez que han ayudado a madurar la fe en la esperanza y caridad de todos los miembros del pueblo de Dios. No ha faltado la llamada de atención tanto para el mismo pueblo como para toda la sociedad, con ocasión de las oscuridades y los embates del pecado del mundo. Siempre con la libertad de los hijos de Dios, pero mirando el bien y la necesaria renovación de dicho pueblo y de la sociedad, siguiendo para ellos los criterios neotestamentarios nacidos de la Nueva Creación, inaugurada por Jesús el Salvador.

Tampoco ha faltado la acción de la divina sabiduría para orientar al pueblo. Esta acción se ha realizado verdaderamente por medio de hombres y mujeres que nos la han dejado fortalecida en la fe. Y también, con acciones con las cuales se ha demostrado que esa sabiduría apunta al fortalecimiento de todos: entre ellas podemos recordar los dos sínodos diocesanos, la creación de escuelas católicas, el Diario Católico, el Magisterio episcopal, el Seminario Diocesano y de los religiosos, la Universidad Católica del Táchira y el Proyecto Diocesano de Pastoral, “PARROQUIA PARTICIPATIVA, COMUNIDAD DE COMUNIDADES”.

Como Josué, tanto los Obispos como sus cooperadores evangelizadores –presbíteros, religiosos y laicos- han ido tomando posesión de esta tierra donde se ha sembrado la semilla de la Palabra de Dios con sus subsiguientes frutos. Uno de esos frutos es la especial y permanente presencia de Jesucristo en medio de las comunidades, familias y personas del Táchira. Se le reconoce como el Salvador en el misterio de la Encarnación, al ser proclamado como Niño Dios,

-el “Divino Niño”- celebrado en la Navidad preparada por el adviento. Es considerado el centro de la vida, sobre todo en la devoción al Santo Cristo de La Grita, el del Rostro sereno, con sus brazos abiertos para acoger a todos sin excepción. Y es proclamado como el Resucitado liberador, particularmente en el ícono del Sagrado Corazón y la profesión de fe en la presencia Eucarística adorada en todo momento y rincón del Táchira. Es el Hijo de María, quien desde el Nazaret de Táriba también nos invita a “hacer lo que Él –Jesús- nos indica”. A ella la reconocemos como “la flor más bella de los Andes venezolanos”, Nuestra Señora de la Consolación.

Con la fuerza del Espíritu Santo, quienes han inaugurado y continuado los caminos del pueblo de Dios para plantarlo en estas hermosas tierras tachirenses, nos han ido legando una herencia que, con toda decisión, recibimos y queremos hacerla crecer para continuar dejándola a las futuras generaciones de la Iglesia. Esa herencia la  podemos manifestar en el modelo de Iglesia que buscamos seguir haciendo entre todos.

CIEN AÑOS CAMINANDO JUNTOS

Ese modelo de Iglesia –que no contradice ni destruye las notas esenciales de la Iglesia ni su comunión con la Iglesia Universal- está reflejado en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Allí se nos describe la Iglesia como un misterio de comunión, en el cual se enfatiza que “todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común”… “nadie pasaba necesidad”… y gracias a su testimonio “el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que querían salvarse”. Tenían conciencia de la misión recibida, según nos enseña el evangelista Mateo: “Salgan a anunciar el evangelio y hacer discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Para poder realizar esto, encontraron el apoyo en la enseñanza de los Apóstoles, la fracción del Pan, la Oración y en la conciencia de la comunión. Todo se centraba en el testimonio de los Apóstoles, en la práctica de la caridad, en particular hacia quienes más lo requerían y así nadie pasaba necesidad. No era una comunidad encerrada sino consciente de estar en el camino (así, incluso llamaban al cristianismo en los inicios), el cual no lo hacían ni individualistamente ni separados de los demás. Es, entonces, la expresión de un estilo sinodal, como el que ahora se está profundizando en toda la Iglesia Católica.

Desde los comienzos de la Iglesia local de san Cristóbal hasta los tiempos presentes, el estilo característico de nuestra Iglesia es el del modelo del Libro de los Hechos. Hoy, con nuestro plan diocesano de pastoral, “PARROQUIA PARTICIPATIVA COMUNIDAD DE COMUNIDADES”, se ha pretendido mostrar cómo estamos asumiendo en la práctica y en la conciencia la así denominada “eclesiología de comunión”. La “comunión” ha sido el hilo conductor de la historia centenaria de la Diócesis de San Cristóbal. Con diversidad de estilos, según las épocas, tanto los Obispos como los laicos y los presbíteros, han hecho saber que es una de las actitudes propias de los miembros del pueblo de Dios peregrino “por los caminos del tiempo en Táchira”.

El testimonio de vida de los pastores junto con el de tantos creyentes ha permitido no sólo fortalecer las comunidades sino asegurar la llegada de nuevos discípulos. Incluso, una de las consecuencias de este testimonio es la llamada “cultura vocacional”, carisma propio de esta Iglesia local. Hay otro dato interesante: son muchísimos los tachirenses que se han debido ir a otros lugares para trabajar: no sólo han llevado la cultura tachirense (“gocha”) sino la fuerza de su fe, esperanza y caridad. Signos claros de esta realidad de una tierra de santos testigos son los

Siervos de Dios, cuyos procesos vamos adelantando: TOMÁS ANTONIO SANMIGUEL, MEDARDA PIÑERO, HERMANA MARIA ISRAEL BOGOTÁ BAQUERO, MADRE LUCIA DEL NIÑO JESÚS, MONS. MARTIN MARTINEZ, LUCIO LEON Y “AMANDITA”.

¡Qué hermoso es poder comprobar que otro de los grandes carismas de esta Diócesis es la profunda fe de nuestro pueblo! Fe hecha caridad operante: la preocupación por los ancianos, los pobres, los migrantes, los que sufren y los excluidos están en el corazón de los creyentes del Táchira. La solidaridad y generosidad de todos, aún de los más pobres, es muestra de esa voluntad para que nadie pase necesidad. Además, siguiendo el estilo de Cristo, quien no vino a ser servido sino a servir, encontramos la total disponibilidad de hacer el bien por parte de la inmensa mayoría de los católicos tachirenses.

Llama poderosamente la atención que desde el primer Obispo, el Siervo de Dios Tomás Antonio Sanmiguel y sus sucesores, Rafael Ignacio, Alejandro, Marco Tulio y este servidor, se ha fortalecido los cuatro pilares de la vida de Iglesia: la enseñanza de los mismos Apóstoles, en la proclamación de la Palabra a tiempo y a destiempo; la celebración de la fracción del Pan y la acendrada devoción eucarística en el Táchira; la fuerza de la oración, por ejemplo con el rosario, las manifestaciones litúrgicas, las peregrinaciones y expresiones de la religiosidad popular; y, por último, la comunión, vivida con el ejemplo de un presbiterio lleno de fraternidad sacramental y la cooperación de los laicos en sintonía con los pastores. A Dios gracias se ha podido ir formando una conciencia de fe y cultura religiosa en el pueblo tachirense, germen de numerosas vocaciones sacerdotales, de compromiso en muchísimos laicos y fortalecimiento de las familias. Todo esto con la luz del Cristo de los Milagros, el del Rostro sereno, y la maternal protección de la estrella de nuestra evangelización, María del Táchira, la Consoladora por excelencia

Al conmemorar los primeros cien años de la Iglesia local de San Cristóbal, podemos asegurar cómo esa herencia recibida y experimentada según el modelo presentado en el Libro de los Hechos de los Apóstoles se abre fructuosamente hacia el futuro. Con el encargo del IUS COMMSSIONIS para apoyar al Vicariato Apostólico de Caroní, la convocatoria al III Sínodo Diocesano, los planes de formación para futuros sacerdotes diocesanos y religiosos, laicos y religiosas, la consolidación de la acción social de la Iglesia y el reafirmar el carácter sinodal de nuestra Iglesia, le decimos al mundo que es una Iglesia cuyos miembros no sienten miedo de ver hacia adelante, donde nos señala el Espíritu. Lo hacemos con el compromiso de haber tomado con nuestras manos el arado para mirar hacia el horizonte del Reino, asumiendo la enseñanza de Pablo quien nos recuerda que el Señor no nos ha dado espíritu de timidez.

Es Reino inaugurado en la Cruz redentora y consolidado con la Resurrección liberadora dándonos el regalo de la “novedad de vida”; esto es, la Nueva Creación que queremos hacer sentir en el Táchira y, desde aquí, para todo el mundo

CRISTO, CAMINO, VERDAD Y

Ya desde antes de constituirse como Iglesia local, el Táchira centró su historia en el Señor Jesús. Hace 412 años se encarnó en nuestra tierra el Señor del Rostro sereno y se convirtió en la razón de ser de nuestra vida eclesial. La Cruz del Santo Cristo de los Milagros se sembró en los montes andinos jaureguinos y extendió sus raíces por toda la geografía tachirense. Sus ramas, simbolizadas en los travesaños de esa Cruz han ido dando la acogedora sombra de su amor hacia Venezuela entera y todo el mundo. Hasta Él seguimos acudiendo peregrinos de todo lugar, y conseguimos en Él, en sus brazos solidarios y llenos de amor, el descanso para quien está agobiado, el consuelo para quien sufre, la fuerza para quien evangeliza, la misericordia para compartirla con los demás.

En Él, desde siempre y, sobre todo en los últimos tiempos, se ha podido sentir que es la VERDAD, LA VIDA Y EL CAMINO. El Es la Verdad que nos libera y, a la vez, nos entusiasma para seguir siendo libres y promoviendo la libertad de los hijos de Dios. Es la verdad que nos da a conocer el Dios de la Vida y de la Justicia. Es la Verdad que no pasa ni se destruye nunca, aun cuando suframos los embates de cualquier tipo de ideología deshumanizante. No es ningún secreto sentir cómo esa Verdad es la misma Persona de Cristo a quien nos identificamos y del cual hemos sido revestidos en el bautismo. Desde la experiencia de esa identificación brota la fuerza para ser sus testigos, constructores del reino de salvación.

Por esa misma Verdad aprendemos que Jesús es la Vida. Es la Vida que permanece y fructifica en nosotros. El vino a darla, y en abundancia para compartirla en la gran familia de los hijos de Dios. Y, aunque hubiera y haya quienes rechacen a Cristo, en el Táchira sigue habiendo una inmensa mayoría que, con las palabras de Pedro, le dice continuamente a Jesús: “Señor ¿a quién iremos? Pues sólo tú tienes palabras de vida eterna

Compartimos la vida de Jesús en la vivencia del discipulado. No falta quienes se han alejado o han renunciado al seguimiento de Jesús. Por eso, reasumimos continuamente la tarea de ir a su encuentro con un plan evangelizador a fin de atraerlos y recibirlos con el mismo abrazo de aquel padre misericordioso que acogió al hijo que se había ido lejos.

Todo ello, porque descubrimos en todo momento que Jesús es el CAMINO. No sólo por sus hechos y dichos o enseñanzas, sino por su obra pascual. Nosotros seguimos, optamos y proclamamos que Jesús es la Vida y la Verdad por ser el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pero, a la vez, sabemos que no hay otro camino sino el que Él nos muestra. Nos ha dado también la misión de mostrarlo a los demás e, incluso, a acompañar a quienes quieran arriesgarse a caminarlo. Todavía más, pues nos pide ser como quienes ayudaron a Pablo a levantarse de la oscuridad en la que había caído en el camino de Damasco hasta que pudiera recibir la luz que transformó toda su existencia. Hay muchos caídos o enceguecidos por las oscuridades del mundo que requieren de nuestra ayuda.

Es un CAMINO que compartimos con las Iglesias hermanas de Venezuela y del mundo. Las Diócesis de Venezuela están hoy presentes en nuestra acción de gracias, particularmente las que también un día como hoy conmemoran los cien años de su creación: Coro, Cumaná y Valencia. Es un camino compartido con las Iglesias hermanas de Colombia, en especial las del eje fronterizo colombo-venezolano: Cúcuta, Nueva Pamplona, El Tibú, Arauca, Ocaña… Nuestra gratitud fraterna a todas ellas por su compañía. Permítanme una especialísima mención a Cúcuta, con la cual hemos podido realizar un trabajo de comunión para la solidaridad y la fraternidad. Podemos decir, con humildad y sencillez, siguiendo el petitorio de Francisco, que somos Una Iglesia que no tiene fronteras pues es madre de todos.

Reafirmamos nuestra voluntad de seguir a Cristo el CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA.

Vivimos tiempos nada fáciles, pero hermanados todos aquí y con las Iglesias de Venezuela y Colombia y ahora con el encargo del IUS COMMISSIONIS, le decimos al mundo que aquí no sólo vivimos el Evangelio, sino que difundimos sus valores y principios a través del compromiso solidario con todos los seres humanos, creyentes y no creyentes. Ratificamos al Papa Francisco nuestra filial adhesión a él y a todos los Obispos del colegio episcopal. Le decimos a todos que la Iglesia del Táchira quiere seguir caminando junto con todos en “ESPÍRITU Y VERDAD”, para edificar la justicia y la paz, defender la dignidad de los seres humanos y hacer sentir la fuerza liberadora de Jesús. Es nuestra vocación: anunciar su evangelio en el caminar de este pueblo en el tiempo y en el espacio donde nos corresponde vivir.

Lo hacemos en el nombre del Señor y con la maternal intercesión de la Consoladora, María del Táchira.

MARAN ATHÁ. VEN SEÑOR JESUS

Reafirmamos que Él es el verdadero revelador del misterio trinitario, fuente inagotable de la vida de la Iglesia. Él es el mismo ayer, hoy y siempre, principio y fin, alfa y omega. Él está siempre en medio de nosotros, como nos lo recuerda el libro del Apocalipsis con la expresión “marán athá”.

Hoy nos comprometemos a seguir adelante. Vamos al encuentro definitivo con la Trinidad Santa. Caminamos a la plenitud inaugurada por Jesús y que ya anticipamos en la celebración de la Liturgia, en especial de la eucaristía. Conmemoramos cien años caminando a la eternidad; celebramos un centenario sustancioso en realizaciones gracias a la acción del Espíritu Consolador. Conmemoramos un peregrinar acompañados siempre por María del Táchira, Nuestra Señora de la Consolación. Ella nos sigue enseñando que hemos de hacer lo que su Hijo nos pide y enseña. Caminamos contagiando esperanza, con la confianza de sabernos protagonistas con Jesús. Hoy reafirmamos el compromiso de seguir siendo, en y desde el Táchira, la Iglesia que invita a los hombres y mujeres del mundo a ser sus discípulos. Sabemos que desde las moradas eternas nos sostiene y nos espera.

El camino de nuestra Diócesis continúa activo y presente con los brazos abiertos del Cristo del Rostro sereno y con la mirada maternal de la “flor más bella de los Andes venezolanos”, la Consoladora, para bendecirnos y, entonces, poder celebrar durante muchos años más una Iglesia misionera y evangelizadora “en espíritu y verdad”

Al ofrecer hoy el pan de la palabra y de la eucaristía donde se centra hoy nuestra historia y nuestra respuesta a la vocación evangelizadora y misionera, reconocemos que sacramentalmente Jesús está en medio de nosotros. Pero, a la vez, lo reconocemos como el punto ómega de la historia y nos atrae hacia la plenitud del encuentro con la Trinidad Santa. El sigue buscándonos y alentándonos, por eso, con alegría, hoy y siempre, clamaremos. VEN SEÑOR JESUS.

+MARIO MORONTA R. OBISPO DE SAN CRISTOBAL.

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